«EL DÍA QUE NOS ARREBATARON TU RISA, REINALDO»

Por: July Henríquez  – noviembre 9 de 2016

Llega el 9 de noviembre y con él los recuerdos que remueven los sentimientos de tristeza, rabia y dignidad. Han pasado 14 años desde que fue marcada la vida de muchas y muchos estudiantes, trabajadores y maestros en la Universidad del Atlántico, entre ellas la mía. ¿Cómo olvidar el 9 de noviembre del año 2002? Imposible, quizá podremos perdonar, ¡pero jamás olvidar!

Hace 14 años, como en una ‘crónica de una muerte anunciada’, en la ciudad de Barranquilla nos arrebataron a Reinaldo Serna López, nuestro compañero, amigo y maestro en la defensa de los derechos humanos. Nos arrebataron su alegría, su energía y su amor, pero su ejemplo sembró semillas que hoy luchan por la justicia y la erradicación de la impunidad.

Ese 9 de noviembre, a pesar de las múltiples amenazas de muerte en su contra, nos sorprendió la noticia sobre su asesinato. Nadie lo podía creer. Finalmente lo hicieron, cumplieron la amenaza y enviaron a su casa dos sicarios motorizados que lo llamaron por su nombre, lo miraron a los ojos y sin remordimiento le dispararon varias veces. Sus hijos estaban allí mirándolo todo, incluso uno de ellos fue alcanzado por las balas. “Lo vendió un vecino”, “los paracos de La Chinita y de Las Nieves se pelearon por su cabeza”, “lo tenían vigilado desde hace rato y ese día él iba para el funeral de otro muchacho que habían matado en el barrio”, decían sus vecinos.

‘Rey’, como le decíamos quienes aún lo estimamos, había sido desplazado y exiliado junto con más de una decena de estudiantes de la Universidad del Atlántico, precisamente, por su liderazgo en la defensa de la educación pública y por su valentía en denunciar la corrupción y la presencia paramilitar en esa institución. Antes de su desplazamiento y exilio, ‘Rey’ fue víctima de una detención arbitraria junto con Humberto Contreras Sereno, también estudiante y compañero de luchas asesinado un año después de haber sido apresados. Fueron detenidos a pocos días de que una explosión, ocurrida el 4 de febrero de 1999 en la sede central de la Universidad de Atlántico, cobrase la vida de Adolfo Altamar Lara y José Luis Martínez. Sobre estos hechos nunca hemos dudado en señalar que se hicieron parte de una agresión paraestatal que aún se encuentra en la impunidad.

¡Cuánto dolor nos ocasionaron a tan temprana edad! Pero, aunque pasa el tiempo, parece que fue ayer: las heridas siguen abiertas y los rostros de nuestros compañeros están más vivos que nunca. Éramos adolescentes, hacíamos parte del movimiento estudiantil y militábamos en una organización llamada Alma Máter. Nos unía la indignación por las injusticias sociales y la falta de oportunidades para acceder a la educación pública debido a la corrupción en la universidad, así como, por supuesto, el anhelo de recibir una educación universitaria crítica y al servicio del pueblo.

Recuerdo que conocí a Reinaldo porque fui una de esas tantas personas a la que inicialmente se le negó la oportunidad de ser admitida en la Universidad del Atlántico a pesar de cumplir con los requisitos. Gracias a la lucha estudiantil liderada por ‘Rey’ pude ser admitida, aunque estuve en calidad de ‘asistente’ durante seis largos meses, es decir, asistiendo a clases en la facultad de derecho de manera informal, a la espera de la deserción de algún otro estudiante para obtener un cupo. Era indignante, había mucha gente con posibilidades económicas copando los cupos, pero lo peor es que en las charlas de pasillo muchos de esas personas reconocían que no tenían el puntaje de las pruebas de Estado exigido para ser admitidos, lo cual evidenciaba que la corrupción en la universidad se extendía hasta el proceso de admisión. Esto me motivó a acercarme a Reinaldo y a Alma Máter, pues eran los únicos que se atrevían a denunciar lo evidente. Así lo conocí.

Tiempo después de una toma universitaria que reclamaba la admisión de quienes teníamos el derecho a estudiar -porque, como gritábamos en aquella época, los derechos no nos los regalan sino que se conquistan al calor de la lucha organizada-, centenares de estudiantes fuimos admitidos formalmente en la Universidad del Atlántico y, seguidamente, se conoció el gran escándalo de admisiones con pruebas de Estado falsas. Fue un alivio y una gran satisfacción, pero esa y otras luchas más le costaron la vida a Reinaldo.

Al igual que yo, Reinaldo estudiaba derecho y, desde inicios de su carrera, empezó a ejercerlo en beneficio de los sectores empobrecidos. Eso me gustaba y fue con él con quien aprendí mis primeras lecciones de derechos humanos, no con Armando Cerón, quuien era el profesor de planta de la facultad encargado de esa materia. ‘Rey’ me enseñó a comprender el derecho a la educación como un derecho humano y también me impulsó a formarme en la defensa de los derechos de las víctimas de la prisión política. Por eso, desde temprana edad me declaré defensora de derechos humanos.

Recordar a ‘Rey’ me trae un mar de sentimientos porque, además de las experiencias gratificantes vividas, su muerte marcó mi vida y la de muchos compañeros y compañeras. El día en que lo asesinaron, justo durante el levantamiento de su cadáver, agentes del Estado le indicaron a su esposa que ‘estaba muerto por guerrillero’. Todo el mundo sabía que no lo era.

También le dijeron que “él era el líder y faltan tres más”. Para ese momento casi todos nuestros compañeros estaban en el exilio y casualmente sólo tres vivíamos en Barranquilla. A los pocos días empezaron los seguimientos y las amenazas. Era aterrador, no sabíamos cómo decírselo a nuestros padres, no sabíamos que hacer, no entendíamos por qué nos querían asesinar.

Aguantamos dos meses en pánico total y recibimos un ultimátum el 18 de enero de 2003. De inmediato y de manera inocente acudimos a la Fiscalía General de la Nación con sede en Barranquilla buscando protección. Yo conocía a un fiscal y le consideraba mi amigo, pues había hecho las prácticas en su despacho. Por esto, convencí a mis compañeros para ir con él, pero al contarle nuestra situación su expresión cambio totalmente y afirmó que “Reinaldo era un guerrillero, por eso lo mataron”. Ni siquiera lo conoció y ya lo había condenado, y, lo peor, nos cerró la puerta en la cara diciendo que “si ustedes andaban con él, saben que era guerrillero”.

No sé cómo logramos salir de allí, pero lo hicimos. Luego tuvimos que irnos de la ciudad porque sujetos extraños permanecían todo el día frente a nuestras casas vigilándonos. Así empezó nuestro desplazamiento forzado hasta hoy. Tiempo después, por la esposa de ‘Rey’ volví a saber de aquel fiscal: le aconsejó a ella que se fuera de la ciudad, que pensará en sus hijos y dejara las cosas así. Hoy ella y sus hijos viven también en el exilio.

Ha sido muy triste ver partir a nuestros compañeros a tan temprana edad, ver cómo han sido silenciadas sus voces y apagadas sus luces sin que haya justicia, sin que nos digan la verdad, sin que sepamos por qué nos hicieron tanto daño sin que nadie se ruborice ante tanta impunidad, sin que el país sea consciente de lo que ha significado ser verdadera oposición en medio de la guerra.

Hoy, 9 de noviembre de 2016, te recordamos Reinaldo Serna López, porque nunca morirás. Seguimos asumiendo tu legado, seguimos luchando por la justicia y por la verdad hasta derrotar la impunidad, seguimos apoyando la decisión de construir un país en paz y con justicia social.

Por nuestros muertos, ni un minuto de silencio…

Abogada y defensora de derechos humanos, sobreviviente del genocidio cometido en la Universidad del Atlántico.

FUENTE: https://elturbion.com/14466

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